Me gustaría comentar algo que me ocurrió el pasado domingo, y que me tiene bastante jodido. No lo he podido comentar con nadie, básicamente porque no tengo nadie con quién poder hablar. Tan solo, al gato, pero no me da mucha cancha. Maúlla mucho, y no le gusta que le interrumpan.
El domingo cometí un error que, en realidad, esperaba cometer tarde o temprano: salí a la calle y me dejé las llaves en casa. De hecho, es extraño que no me hubiera ocurrido hasta ahora: soy muy despistado.
Bajé al chino, para comprar algo que llevarme a la boca en la cena. Intento tener el mínimo de comida posible en el frigorífico, para no inflarme. Soy muy tragón. Y, precisamente, ese día había decidido no cenar, una decisión que no mantuve, como suele ocurrir. Por eso iba a la tienda.
Era domingo, ya entrada la noche. Estos pueblos de mierda, en El Día del Señor, están absolutamente vacíos, y ese día, el mío parecía un poblado fantasma. Últimamente está más vacío, incluso. Esta tienda de chinos es lo único que se puede encontrar abierto, siempre con un borracho en la puerta, charlando con el tendero de turno. Muchas veces, son niños pequeños los que están trabajando. También chinos, obviamente.
Compré dos tonterías. y me dirigí a casa. Fue entonces cuando noté que no tenía llaves. "Maldito gilipollas", pensé. No tengo a nadie a quien acudir en este pueblo, así que la única opción que me quedaba era coger el bus a la capital, donde vive mi familia. Por suerte, llevaba la tarjeta para sacar dinero en el cajero, y quedaba media hora para que se fuera el último bus.
Estaba preparado para esta contingencia: le había dado una llave a mi hermano, por si acaso. Sabía que algún día me dejaría las llaves. Soy así de tonto. Pero no podría volver hasta el día siguiente. Quería aprovechar la noche del domingo para avanzar en algunas tareas del trabajo, pero mi portátil se quedó encerrado en casa, junto al gato.
Cuando ya había subido al bus, y estaba sentado en mi asiento, vi subir a una niña pequeña, seguida de un señor, posiblemente su padre. No decían nada, estaban callados, pero en esa mirada seria del hombre, escudriñé el odio más puro, aquel que deja salir el consumo de alcohol en cantidades ingentes, en los hombres verdaderamente malvados. Me recordó a mi padre.
No me gustan nada las frases hechas, ni los refranes. No conozco ninguno de ellos que sea verdaderamente aplicable. Casi todos son creados por hombres mediocres, para justificar su propia mediocridad. Por eso, tampoco me gusta esa frase que afirma que los borrachos nunca mienten. Lo que hace el alcohol es desinhibir, sacar a la persona que realmente uno es, esa que está sepultada por tantas capas de moral, ética, costumbres, educación... todas esas mierdas que nos meten en la cabeza desde pequeños. Por eso, si quieres saber si una persona es buena o mala, obsérvala cuando esté muy borracha.
En principio, olvidé la cara del hombre. Yo iba en los primeros asientos del bus, y esta gente se sentó en la parte trasera. Pronto, empecé a escuchar balbuceos de borrachos, pero no le di mucha importancia. Tampoco entendía casi nada, porque los pueblerinos de esta zona hablan con un acento tan marcado, que es casi imposible seguir una conversación suya. Además, la gripe se está extendiendo mucho por el pueblo, y la gente no paraba de toser.
Esto siguió así, hasta que el señor borracho recibió una llamada, que por su respuesta, entendí que era de su madre. Le advertía, e incluso, le amenazaba. Exigía que ella y su hermano fueran a la estación para recogerles. Y aprovechaba para hablar mal de la niña, para decir literalmente, que estaba "envenená".
Por lo visto, su propia madre le colgó el teléfono. Entonces, y a pesar del mareo que yo llevaba, porque ese bus toma carreteras secundarias para entrar a aldeas de la zona, empecé a entender, mejor, lo que decía el borracho. Los balbuceos eran ofensas a la niña, que debía contar con unos 7 u 8 años de edad. Le decía que no la quería a su lado, que tenía que irse con su madre (supongo que están separados). "Me estás sobrando"; "Tu madre te ha enveneao". Cosas así decía...
Esos reproches de borracho se fueron intensificando, convirtiéndose en insultos realmente graves. Entonces, escuché el sonido inconfundible de un buen guantazo en la cara, y muchos gritos, y llantos de niña a posteriori. Me giré, lleno de cólera, temiendo que hubiera golpeado a la pequeña. Pero no, estaba discutiendo un chico, que estaba sentado por su zona.
Parece ser que las personas que estaban sentadas cerca de ellos habían escuchado cosas bastante más explícitas que las que habían llegado a mis oídos. Había una chica consolando a la niña, y un chaval, de unos 20 años, con la cara colorada. Un montón de jóvenes, que se sentaban al final para escuchar su música, se habían levantado, para frenar al borracho, que había pegado al joven. Este había exigido, harto, respeto para la niña, y había sido castigado por ello.
Y aún seguía amenazándole, reprochándole que se metiera en sus asuntos, diciendo que él no conocía las circunstancias de esa niña. "Tu estudiarás mucho, pero yo soy un hombre que ha vivido 46 años". En fin, decía el simple montón de basura que es capaz de articular esa clase de deshechos humanos, que nunca ha hecho nada de valor en la vida, salvo robar y pelear. Temiendo que en la estación alguien esperara al joven y quisiera defenderle, empezó a hablar de sus guerras con la Guardia Civil, todas falsas, obviamente, con el solo propósito de intimidar.
Pero, al llegar a la estación, nadie esperaba al chico. Tampoco estaba La Policía, que tiene puesto fijo allí, para evitar los típicos robos y estafas que se dan en una estación llena de turistas y viajeros cargados con fardos. Eran las 23:15, una gran hora para el nacimiento de problemas, y nadie allí estaba para evitarlo, salvo yo.
Me mantuve a unos metros del borracho, que seguía gritándole al chico. Apareció la madre del canalla, y la niña pequeña salió corriendo, gritando y llorando. "¡Abuelaaa!", gritaba, con una pena que se me clavó en el alma. Al salir de la estación, el borracho ya había decidido seguir agrediendo al estudiante, al ver que ningún familiar de este estaba allí para defenderle. Yo, en mi cobardía, no había dicho nada hasta ese momento, pero cuando se lanzó a por su presa, tuve que agarrarlo y estamparlo contra la pared.
Me sorprendió mucho la facilidad con la que lo retuve. Soy mucho más grande que él, pero ese tipo de gente está mucho más acostumbrada que yo a hacer uso de la violencia. Sus amenazas ya eran en plural. Nos daba, incluso, su dirección, para que fuéramos a buscarlo a un pueblo de mierda en el que, por lo visto, vive.
Allí, en mis manos, esa basura social seguía soltando basura por su boca, pero ya era consciente de que, contra mí, nada podía hacer. Yo miré a la niña, con su abuelita, y supe que lo único que le preocupaba es que su padre estuviera bien. Esa basura que no paraba de insultarla, era, al fin y al cabo, su padre.
Lo único que supe decir es que debía pensar en la niña, que era lo importante. Mis palabras le importaban una mierda, la verdad. Solo amenazaba. Podía haberlo lanzado al suelo, y matarlo mediante patadas y puñetazos. Es lo que, obviamente, merecía tal ser. Pero no, no le hice nada, y dejé claro que yo no conocía al chico, que solo quería evitar problemas mayores.
Supongo que lo dije por temor a posibles represalias futuras. Soy un puto cobarde, y me doy asco a mi mismo. Ese hombre merecía morir. Evité que golpeara, de nuevo, al chico, pero el futuro de la niña es incierto. Usé la cabeza: si hubiera hecho lo que debía, yo habría acabado en la cárcel, y no podría haber mandado dinero a mi familia nunca más. El sistema no me permitía tomar ninguna decisión correcta. No puede existir un país sano que permita que siga existiendo gente como esa, y que siga haciendo el mal con impunidad.
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