Casi he acabado con el trabajo que tenía pendiente. Y no he recibido nuevas órdenes, así que lo más probable es que pueda tomarme ese día libre que tanto esperaba. Iré a la ciudad y llevaré a mi madre a comer a uno de esos sitios que a ella le gustan, restaurantes a los que le llevaba su abuela cuando era pequeñita. Me gustan esos sitios, porque apenas quedan en la ciudad negocios de los que yo frecuentaba en mi infancia, así que la existencia de locales con, al menos, 60 años de solera, es realmente todo un mérito.
Es raro que mi jefe no me haya mandado más trabajo. Espero que no lo haga mañana. Debe estar muy enfermo, porque, aunque es buen tipo, es de esos jefes que están todo el día pendientes de los trabajadores, como si estos pretendieran estafarle al no cumplir con su deber. Supongo que en localidades alejadas de la ciencia y la cultura como este, los empleados no son de fiar.
A mí me ha costado mucho adaptarme a la mentalidad de la gente de aquí. Es más, no lo he hecho, y creo que lo he dejado muy claro en otros posts. Pero creo que nunca me he adaptado a ningún sitio, así que criticar al pueblo no está bien.
Cuando vivía en mi ciudad, la capital de la provincia, tampoco estaba cómodo. Me parecía pequeña. Luego me fui a la capital del país, mucho más grande, y mi estado psicológico no mejoró. De hecho, empeoró. El problema debe estar en mí.
Me fui a la inmensa capital buscando trabajo. Estaba desesperado por conseguirlo, porque ya no me quedaba dinero para pagar el alquiler, y mi madre me miraba con malos ojos. Poco antes de caer definitivamente al abismo, me llamaron de allí para hacer una entrevista de trabajo. Era mi última esperanza.
Cogí un poco del dinero que me quedaba para hacer el viaje, y le di el resto a mi madre, para que le pagara a la casera. Su reacción no fue positiva. Prefería que le diera el dinero completo. No se daba cuenta de que, el siguiente mes, sería ya casi imposible para mí recaudar la cantidad suficiente para cubrir las facturas, pero le daba igual. Eso nos hubiera condenado a todos.
No hice caso a sus críticas, y me fui. Cogí un bus nocturno, que llegaba a la Gran Ciudad por la mañana. Pero el tipo que debía entrevistarme no se presentó a la cita, y me pidieron en la empresa que me pasara el día siguiente. Acepté, porque no no tenía otra opción, pero tampoco tenía dinero para pagar un hotel, por muy barato que fuera. Ni siquiera podía pagar, ya, el metro. Me quedaban una monedas con las que me comí un dulce de una máquina de "vending". Era todo lo que podía pagar. Suerte que ya tenía el billete de vuelta.
Solo se me ocurrió ir a la estación de buses para pasar la noche allí. Tardé unas dos horas, a pie, en llegar a ella, desde la oficina de la empresa en la que me había presentado para nada. Apenas pude dormir, sentado, vigilando la mochila. La gente que duerme por la noche en la estación, es muy rara. Pero lo peor de todo es que esta cerraba entre las 2 y las 5 de la madrugada.
No sé cual es el motivo por el que una estación cierra durante tres horas por la noche. Seguramente sea para que los indigentes pierdan la esperanza de refugiarse allí. El gobierno de la capital es famoso por su dureza contra las clases más desfavorecidas. Esa noche, yo era un sintecho más, así que esa política me fastidió.
Tuve que pasar unas horas a la intemperie. Hacía un frío que pelaba, así que no fue fácil. Aprendí, entonces, lo que vale una cavidad en la pared para poder refugiarse del frío.
Por la mañana, temprano, después de intentar dormir una última hora en la estación, emprendí de nuevo el viaje a pié hacia la estación. Fueron otras dos horas de camino, y en las que el peligro de perderme estaba presente. Tuve mucha suerte, porque si lo hubiera hecho, no hubiera podido retomar el camino correcto de ninguna manera. Pero me dibujé un buen mapa.
Después de pasar una noche en un bus, y otra andando por las mediaciones de la estación de autobuses, el sueño se apoderó de mí. Recuerdo que, en mi caminata, me quedé dormido mientras andaba. No caí, seguía andando, pero, al mismo tiempo, estaba soñando. La realidad se mezclaba con la ficción. Fue muy raro, pero pude aprovecharme de que más de la mitad de mi camino era el línea recta. Tan solo corrí peligro en los cruces.
Cuando llegué a la oficina, El tipo que debía hacerme la entrevista tampoco se presentó. Resultó ser un buen sinvergüenza. Pero no hizo falta; Cris, una chica maravillosa que se convertiría en una gran amiga, me entrevistó. Salí bastante contento, y sorprendido, porque a pesar de mi estado de semi-letargo, me mostré muy profesional. La semana siguiente, comencé a trabajar ahí, y los problemas económicos a medio plazo desaparecieron, aunque el primer mes fue complicado. Antes de cobrar la primera mensualidad, tuve que colarme casi todos los días en el metro para poder ir a la oficina.
Vaya, me lío a escribir, y no paro. Mañana os cuento más cosas, que tengo que trabajar.
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