jueves, 18 de noviembre de 2010

Ciudades y pueblos (II)

Ayer quería comentar algunas cosas sobre ciudades y pueblos, pero al final me enrollé hablando sobre mi viaje a La Capital. No era esa la reflexión que quería llevar a cabo.

No, quería hablar, más bien, de mi incapacidad para adaptarme. Porque, allí, una vez que pasaron esas primeras semanas complicadas económicamente, en las que, por ejemplo, tuve que comer macarrones con chocolate en polvo, porque me quedé sin dinero para hacer la compra, las cosas se tranquilizaron. Poco a poco, fue mejorando mi sueldo, y no tuve problemas para mandar dinero a casa, ni para comprar regalos para la familia. Todo estaba bien en ese sentido.

Pero no soportaba estar allí. Casi todos los fines de semana tenía que viajar a casa de mi madre, porque me sentía muy vacío con todo lo que no fuera el trabajo. Compartía piso, y también sentía que no tenía libertad, ni siquiera, pasa salir de mi habitación para orinar.

Los viajes en metro diarios eran insoportables. Mucho asfalto, calles y calles que eran iguales unas a otras. Salía a pasear, y nunca llegaba a ningún sitio. Todas las manzanas me parecían iguales, todos los comercios, copias unos de otros. 

Ahora, odio el pueblo, porque no puedo ni salir a pasear. No hay nada, y si  ando 15 minutos, me salgo del municipio. En la ciudad, en 15 minutos no había salido de mi calle. Había tantas cosas, que era casi imposible llegar a ninguna.

En la capital, no conocía a nadie. Aquí, me fastidia encontrarme a los mismos idiotas en todas partes. Ni siquiera puedo ir a hacer la compra sin encontrarme a alguno de mis jefes, o a sus familiares.

Ni tanto ni tan calvo... Pero, ¿habrá algún sitio en el que yo pueda ser feliz? ¿Por qué me siento tan mal en todas partes?

Algo está mal dentro de mí. Me voy a poner a trabajar, a ver si acabo pronto.

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